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  • Foto del escritorÁngel Ruiz

Algunas reflexiones sobre la insostenibilidad de las pensiones

Desde hace ya tiempo, existe un intenso debate sobre el porvenir del sistema público de pensiones, tanto en España como en el resto del mundo desarrollado. Lo que más escuchamos es que el sistema de reparto, que se fundamenta en que los trabajadores actuales pagan la pensión a los pensionistas actuales, es insostenible, simplemente porque, debido al envejecimiento de la población, la proporción de pensionistas en relación con el número de trabajadores es cada vez mayor.

¿De verdad el sistema de pensiones está condenado a la quiebra? Aquí creo que hay que hacer varias aclaraciones, y éste es el propósito de este post.

El “problema” de la población dependiente

A la hora de valorar si el envejecimiento poblacional supone un problema económico, se suele señalar con preocupación el progresivo descenso del ratio de número de trabajadores por pensionista, una tendencia que se acelera conforme la generación del “baby boom” se va jubilando. Un descenso del ratio viene a indicar que cada vez hay menos trabajadores en activo para producir todo lo que necesita la población dependiente (la población que no trabaja). En teoría, esto quiere decir que los trabajadores tienen que hacer un esfuerzo cada vez mayor para mantener a toda la población.

Sin embargo, la Historia nos dice que el progreso de las sociedades ha ido de la mano del aumento de la población “improductiva”. En un inicio, todos los miembros de la tribu tenían que entregarse a la producción (cazar, recolectar) para poder comer cada día. Cuando las sociedades se fueron volviendo más sofisticadas, aparecieron las primeras clases sociales que no producían nada tangible, como los sacerdotes. El fenómeno de los “ni-nis”, jóvenes que ni estudian ni trabajan y se dedican a vivir de sus padres, sería simplemente inconcebible en las sociedades antiguas, salvo para una minoría de privilegiados. Ahora es habitual encontrar hogares donde los hijos no entran en el mercado laboral hasta que han terminado su carrera, su máster o incluso su doctorado, en algunos casos rondando ya los 30 años de edad. 

Si esto es así es porque las familias, y la sociedad en general, pueden permitírselo.

Lo verdaderamente importante para evaluar la capacidad de una sociedad para tener a gente sin trabajar es la productividad, y no tanto el ratio entre población activa y población inactiva o dependiente. Si la productividad aumenta lo suficiente como para compensar el envejecimiento poblacional, entonces el nivel de vida de la población puede seguir aumentando aunque cada vez menos gente trabaje. Esto lo podemos mirar con el PIB per capita, que efectivamente sigue una tendencia al alza en casi todos los países, a pesar de que la población improductiva es cada vez mayor.

Para entender mejor por qué el ratio entre trabajadores y personas dependientes no es lo importante, podemos poner un ejemplo extremo: en una sociedad en la que nadie tuviera que trabajar y los robots lo hicieran todo por nosotros, el ratio entre trabajadores y dependientes sería de cero, ya que todo el mundo sería «pensionista». Y, en general, se considera que ésa sería una sociedad ideal, ya que todo el mundo podría dedicarse en exclusiva al ocio o a proyectos vitales más atractivos que el trabajo. Y el hecho de que el ratio entre trabajadores y pensionistas vaya bajando paulatinamente a la vez que el PIB per cápita sigue aumentando, bien podría ser un reflejo de que la sociedad va avanzando hacia ese ideal, es decir, que llegará un momento en el que toda la población sea «dependiente» y nadie tenga que trabajar.

Por tanto, bajo este enfoque, la disminución del ratio trabajadores/pensionista no sería algo preocupante. Lo importante es la productividad. Lo importante es el PIB per cápita. 

Sin embargo, esto que he explicado se justifica en base a la capacidad económica de la sociedad en su conjunto, sin tener en cuenta cuánto recibe cada pensionista y cuánto aporta cada trabajador. Efectivamente, hay dinero para pagar las pensiones, pero ese dinero hay que quitárselo a alguien.

Demasiadas promesas

En los párrafos anteriores he querido señalar que, a nivel social, el aumento de la población no productiva no tiene por qué ser un problema, y de hecho suele ser un reflejo del progreso económico.

Ahora bien, que a nivel social podamos permitirnos mantener a más dependientes no significa que, a nivel individual, queramos hacerlo. Es decir, un trabajador estará dispuesto a pagar la manutención de sus hijos durante el tiempo que estime oportuno, dándoles incluso la posibilidad de no dar un palo al agua si no quieren, pero esto no quiere decir que esté igual de dispuesto a que una parte creciente de su sueldo vaya a mantener a gente que no conoce de nada.

El problema del sistema público de reparto es que, aunque desde un punto de vista “agregado” o social es sostenible, no lo es a nivel de la relación que el Estado tiene con cada uno de los individuos. Me explico:

  1. A cada pensionista se le ha prometido que cobrará un determinado porcentaje de su último sueldo.

  2. A cada trabajador se le pide que entregue un determinado porcentaje de su salario, para pagar a los pensionistas.

Dado un determinado ratio de trabajadores por pensionista, y dado un determinado nivel de productividad, esto puede cumplirse, es decir, es posible dar al jubilado una pensión que no sea inferior al X% de su último salario, y es posible no tener que pedir al trabajador que entregue un porcentaje de su salario superior al Y%. El problema surge cuando la población envejece y la productividad no crece lo suficiente como para compensarlo.

No tenemos por qué poner en duda que la productividad aumentará lo suficiente como para que cada vez haya una mayor proporción de población dependiente y, al mismo tiempo, todos los ciudadanos tengan una mayor renta per cápita y una mayor calidad de vida, ya que esto es lo que ha pasado a lo largo de la Historia. Pero sí debemos poner en duda que la productividad aumentará lo suficiente como para que los trabajadores no tengan que entregar un porcentaje creciente de su salario para mantener a la población dependiente.

Es perfectamente posible que lleguemos a una situación futura en la que los trabajadores en activo tengan que entregar el 90% de su salario bruto para pagar las pensiones, y que aun así tengan una renta neta disponible superior a la que tienen los trabajadores actuales. Pero, ¿estarían dispuestos los trabajadores a entregar un 90% de su salario, con independencia de lo alto que sea éste? 

El sistema es insostenible porque, aunque la productividad sigue aumentando y gracias a ello cada trabajador produce cada vez más, no lo hace a un ritmo suficiente como para que no sea necesario exigir a los trabajadores que entreguen una proporción cada vez mayor de su producción a la población dependiente. Porque al final se trata de eso: cuánto produce cada uno y cuánto consume cada uno.

Una quiebra constante

Hablar de una posible “quiebra” del sistema de pensiones hace que el debate se establezca en términos demasiado binarios. Parece que el sistema, o bien funciona sin problemas, o bien colapsa (quiebra) y la gente deja de cobrar pensión. La realidad es un punto medio, en el que el sistema sigue funcionando pero aplicando ajuste tras ajuste. 

Cuando las promesas que el Estado hace tanto a jubilados como a trabajadores se vuelven incompatibles entre sí (en base a lo que explicábamos en el apartado anterior), entonces no le queda otra que incumplir sus promesas e imponer unas nuevas condiciones. Estos cambios normalmente consisten en que se exige a los trabajadores un mayor esfuerzo para obtener la misma pensión que sus antecesores, que tuvieron que esforzarse menos. Así, de facto el Estado reduce las pensiones futuras en relación con la contribución que hay que hacer durante la vida laboral para acceder a esas pensiones. 

Electoralmente es mejor hacer esto que aumentar las cotizaciones sociales, es decir, es mejor dejar que los trabajadores paguen el mismo porcentaje de su salario a la población dependiente cada mes, pero exigirles que lo hagan durante más tiempo y a cambio de una menor pensión para ellos cuando se jubilen, que directamente exigirles una mayor proporción de su salario. El impacto negativo de esta segunda alternativa para el trabajador es inmediato, mientras que en el primer caso el efecto se “diluye” a lo largo del tiempo.

Se cambian las reglas del juego en mitad de la partida, para que el sistema recupere la sostenibilidad. Pero, dado que la tendencia demográfica hacia el envejecimiento no cambia, pasado un tiempo el sistema vuelve a dar señales de agotamiento y el Estado tiene que volver a hacer ajustes, es decir, volver a endurecer los requisitos para acceder a una pensión. En esto consiste la “quiebra” del sistema, y por eso podemos decir que el sistema “quiebra” cada vez que el gobierno introduce una nueva reforma de las pensiones.

Por supuesto, no todas las reformas tienen por qué caer del lado de perjudicar a los trabajadores actuales, sino que también se pueden congelar o recortar las pensiones existentes. Pero eso no lo va a hacer ningún político, ya que se arriesga a perder los votos de la población jubilada, que cada vez tiene un mayor peso en el censo electoral.

Dale a la máquina de los billetes

En más de una ocasión he debatido sobre si el envejecimiento de la población tiene un impacto inflacionario o deflacionario en la economía. La mayoría de opiniones que he escuchado apuntan a que el envejecimiento poblacional tiene un impacto deflacionario, ya que los ancianos, por lo general, consumen menos que la población relativamente más joven, y esa reducción en la demanda agregada presiona a la baja los precios

Sin embargo, yo siempre he pensado que el impacto es inflacionario, ya que toda la gente que se jubila tiene que seguir comiendo todos los días, y sin embargo ya no produce nada. Es decir, cuando una persona se jubila, podemos asumir que su demanda de bienes y servicios baja un 30% o un 50% (por decir  algo), pero su contribución a la producción de bienes y servicios baja un 100%. 

La clave está en que el Estado hará lo que sea necesario para que el pensionista reciba su pensión todos los meses. Y dado que tampoco querrá exprimir demasiado a la población activa, terminará pagándolo con deuda, y parte de esa deuda la comprará el banco central. En resumen: parte de las pensiones se pagarán imprimiendo dinero. No es tanto el envejecimiento poblacional per se lo que tendrá un impacto inflacionario, sino la previsible gestión que los poderes públicos harán de la situación, emitiendo deuda y monetizándola.

En los Estados con soberanía monetaria, como EEUU, sucede con las pensiones algo parecido a lo que sucede con la deuda pública. No va a haber una quiebra del sistema como tal, porque el Estado siempre puede crear dinero y entregárselo a los jubilados; al fin y al cabo, las pensiones no dejan de ser una deuda del Estado frente a los jubilados, al igual que los bonos del Tesoro son deuda frente a los inversores que compran esos bonos. EEUU nunca se va a quedar sin los dólares para pagar las pensiones, como tampoco se quedará sin los dólares para pagar los bonos. La clave está en si es posible hacer eso sin reducir el valor real de las pensiones.

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El resumen de todo esto es que el sistema no va a quebrar en el mismo sentido en que quiebra una empresa, y, por tanto, las generaciones futuras sí cobrarán una pensión pública cuando se jubilen. Pero, atendiendo a la tendencia demográfica, y salvo que llegue una nueva revolución industrial que dispare la productividad hasta cotas insospechadas, lo más probable es que, o bien tendrán que cotizar más que sus padres para acceder a la misma pensión, o bien el importe a percibir será más reducido (en relación con el último salario), o bien su poder adquisitivo será más bajo. 

La esperanza de los políticos es que estos cambios sean tan graduales que la población no se dé cuenta y no proteste. Creo que de momento les está saliendo bien, porque la gente habla hoy de la posible quiebra de un sistema que en realidad ya ha quebrado varias veces.

Es muy recomendable tomar conciencia de la situación y actuar en consecuencia. Por eso, no parece una mala idea destinar una parte de nuestros ahorros a la inversión a largo plazo.



(Imagen de portada: Freepik)


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